Nos toca cumplir con la cláusula placentera de nuestro contrato.
Huimos del mundo y nos reunimos en un rincón de la habitación
de nuestros sueños.
Tomando por asalto una cama o un mueble en su defecto.
Y me miras con intención de besarme, y me besas con ganas de amarme.
Ya no huyes de mis manos. Ya no restringes a las tuyas.
Y el tiempo pasa, la tarde nos deja
y la noche nos da la bienvenida a su historia.
Ya basta de besos.
El cuerpo se queja con el corazón y ruega que dejemos de pensar.
Nos pide mas hechos tangibles y menos promesas sutiles.
Estonces me alejo (pero solo un poco) para contemplarte.
Se ve el goce en tu cara, se percibe la necesidad en tu mirada
y tu aroma es el de mi mujer.
Vuelvo a sumergirme en tu boca, me desespero por quitarte la ropa.
Tu compites conmigo por quitar la mía.
Pero todo es un juego.
Mis manos solo exploran tu piel bajo la ropa,
no osan hacerte prescindir de ella.
Tus manos arañan mi piel bajo mi ropa,
no se atreven a despojarme nunca de esta.
Y mis ansias se contagian a mis manos exploradoras;
desesperadas por recorrer tus senderos ocultos y prohibidos.
Es por el calor de la pasión que olvidas tu decencia
y te entregas a mis osadas caricias.
Y me miras con tu cara de duda, a medio camino entre al excitación y la culpa...
como un venadito que duda si debe comer lo que el hombre le ofrece,
o escapar raudamente.
A veces gimes, a veces suspiras. A veces me miras.
Disfrutas con mis manos, gozas por los dos.
Me dejas poner a prueba tu inmaculada existencia.
Te abocas a estrenar nuevos pecados inventados por mis manos.
Y me comes con tu mirada de culpable y me dejo llevar por la vergüenza.
Y luego nos reímos y seguimos jugando.
Perdón:
Seguimos disfrutando