Un corazón herido y maltratado busca desesperadamente una razón para seguir latiendo.
El alma errante sobre un camino de agonía perenne, se retuerce y grita con las afecciones de una vida sin vida. Un sentimiento de eterno vacío y cruel desvarío, mientras el resto del mundo disfruta de la dicha. Recurriendo al flagelo, al castigo del cuerpo, el alma se dispersa mientras el espíritu se tensa. La cabeza se nubla y los pensamientos se apagan, mientras el control de lo debido lentamente se escapa. Hay situaciones que ameritan el llorar sin disimulo, mas qué cruz tan pesada se hecho la práctica de llorar, aun así no haya derecho. ¿Cruz? ¿Por qué una cruz? Si es supuestamente signo de alivio, aunque aquí el alivio es un lejano delirio. Una ilusión manchada por las oleadas de soledad punzante, de agonía maltratante, de dolores cortantes que aquejan un corazón cansado de sangrar, de llorar, de clamar por alguien que esto pueda parar, que remueva de golpe el hábito de respirar. Con cada exhalación viene una nueva pena que se suma a una larga condena, condena que se tolera, sea por valentía o más bien por cobardía, miedo de poder poner fin a un dulce tormento, al ser sin ser, a la tristeza que produce el recordar lo que es posible ser. Entre las absurdas melodías de irónicas canciones, vertiendo sin decoro emociones en oraciones sórdidas, carentes de lógica, carentes de sentido, pero llenas de un amargo sabor a olvido. Buscando desesperadamente una razón, esa emoción que devuelva la alegría a este corazón. Sólo hay en el camino... Nada, no hay nada en el camino. Que difícil es ser lo que queremos cuando no podemos ser ni lo que somos.