Todo era tan hermoso
en el gran jardín aquel
que sólo un sueño podría
existir en aquel edén.
Era una flor tan bonita
la alegría del jardín
que sólo la muerte, injusta,
podría un día darle fin.
Esta flor tan deslumbrante
era bella como real
que los años no quitaban
su belleza virginal.
Pero un día el sol radiante
en la mañana soleada
se enamoró de la flor
que el cenit acariciaba.
Era bello aquel paisaje
tan divino como un sueño
la rosa no estaba sola
su corazón tenía dueño.
Un lucero como pocos
todas las noches cuidaba
que nadie interrumpiera
el sueño de su linda amada.
La noche llena de estrellas
miraba con alegría
el valor de aquel lucero
mientras su amada dormía.
Con su faz iluminaba
en medio del jardín aquel
pues sabía que para ella
sólo existía él.
Mas nadie se imaginaba
lo que iba a suceder
porque a partir de aquel día
nunca volvió a aparecer.
La florecita divina
se llenó de gran tristeza
todo el jardín la veía
aún mostrando su belleza.
El sol buscaba el momento
para agradarle algún día
ya había matado al lucero
en un acto de cobardía.
A partir de aquella noche
la rosa ya no dormía
y las lágrimas del cielo
en sus pétalos caían.
Era una tarde de abril
el sol ya no se esperó
y con un rayo de luz
a la rosa sorprendió.
Su caricia fue tan fuerte
que la flor no resistió
abriendo sus pétalos al cielo
en el punto se marchitó.
Hoy se ven todas las noches
tapizadas por estrellas
él, un lucero brillante
junto a su florecita bella.
El jardín se encuentra lleno
de flores alrededor
todos los días despiertan
dando gracias al Creador.
Y en la noche aun más bella
el cielo con gran candor
le regala a las estrellas
esta dulce historia de amor.