Necesito una palabra que me ayude a matar
todo este silencio, el tormento que ha quedado.
Como un ángel guardián,
quejumbroso y hastiado de su estéril misión,
afeitando mendigos, lavando sus harapos inmundos,
sanando sus heridas infectas de muerte,
me encamino a un incierto y terrible destino
en el último sitio de este frío lugar.
Siendo sombra y espíritu
de un poeta borracho,
de un gorrión aterrado.
Siendo el eco en la noche
de profundas mentiras,
de vulgares canciones,
del gemido de un alma
que se duele y se place en la misma miseria.
Se revuelca y se enaltece,
se aborrece y se alaba
sólo de pensar en su cuerpo perdido.
Siendo heridas del cuerpo,
las metáforas de un torpe bufón
se me escapan de las manos
como se escapa el sudor de la piel
los gritos de la boca,
las ideas de la mente.
Tengo oculta esta hoja,
estas necias palabras,
presurosas de ser oídas por tu espíritu pobre,
para cuando vengas a mi abismo
en mi sueño y en mi realidad,
y te bese asustado,
y respire tu aire
y sobreviva a tu amor
o me muera en tus brazos,
lastimando mi carne en tu cuerpo de diosa.