Si ya ni escuchas mi voz, que aún sigo llamándote y no recibo contestación alguna, voy a tener que comprarme un silbato a ver si cada vez que lo use te dignas a mirarme. Triste, flaco y solitario como un perro tirado me has dejado, medio muerto de sed por ti, que me queman las venas, mi piel ya casi ni me abriga y los huesos que aguantan esta pena ya no cicatrizan...
Tengo el cuerpo entero hambriento de tu calor, tembloroso por la necesidad de que el tuyo me arrope, sediento de tu boca y añorando el sabor de tus labios. Me he bebido todas tus lágrimas para hacerte más ligero el viaje...
Cuando salgas a fumar al balcón, lánzame a la cara todas tus caladas que con mi ropa impregnada de tu humo me voy más tranquilo a la cama... Eslabones que se cubren de óxido por la niebla de algunas mañanas en las que haces gala de toda aquella tristeza que fuiste recogiendo en tus efímeros viajes y que ya nunca sacaste de tu equipaje.
Voy a robarte tus alas cuando consiga escapar de la jaula de cristal que me has dibujado, voy a robarte tus alas y sin saber volar en las ventanas de los narcóticos olores voy a estrellarme... esperando a ser recogido entre tus manos mientras escucho las sintéticas sonrisas que te provocaran las hierbas.