"¿Por qué esperas tanto?", preguntó mi psicólogo preocupado. "Esperas que la vida te dé lo que no necesitas, esperas que una pareja te salve de un incandescente desvarío, esperas que una familia te dé lo que tú misma puedes ofrecerte". Rompí en llanto: él decía la verdad. Pese a ello mi mente parecía agonizar y no entender por qué.
Para mí un hombre me daba sentido, me daba luz y fuerza para proseguir, me daba ternura, alegría, consuelo, pero yo no entendía por qué tenía que hacerlo tan real en mi vida.
Lloraba por las noches soñando que vendría tan azul como en mis sueños, que sería perfecto como en mi idealización y entonces… caía, sin remedio el abismo estaba cerca.
Bebí de sus pies tanto como pude y cuando alumbró mi rostro morí irremediablemente en su abrazo, debí entender pero no quise, la soledad se asomó burlesca y seductora y me abrazó… Él se había marchado, olvidando sus promesas partidas, olvidando mi risa febril, olvidando mi luna menguante y sí, olvidando mi amor con frenesí.
No quise más nada, quise cerrar mis ojos, llorar su ausencia, culparme por ese tan repetido comportamiento, pero… era tanto el dolor que mataba y no entendía.
Mi llanto austero y lleno de perlas para tejer el collar amargo no bastó. Te fuiste como arena bajo mis pies; entendí, no debía tratar de forzar tu amor sobre mí, y tenía que cambiar mi manera tan apasionada de amar.
La pregunta era: ¿Es que será posible? Llevo años asistiendo a mi funeral, llevo años vistiéndome de blanco, cocinando pero tú… estás ausente.
Llevo años musitándote al oído que te amo, mientras duermes, desnudándome para ti, pero tú estás dormido, callado, sin decir para qué y con la sabia mentira entre los labios. Mentira que aprisiona, que cuesta, que adeuda, que mata, insensata de mí que creo fielmente a ese vago capricho llamado amor.