Muy profundo en el Tártaro se encuentra mi alma sentada en una roca, las serpientes silban en su mortuorio canto, sus sonrisas tiemblan ante mí recordándome sordamente la congoja de su eternidad. Ellas lloran mientras ríen, concientes de su maldad bañan su cuerpo con su veneno verdugo, con él quitaron la vida allá arriba, y aquí abajo hostigan su tiranía. Todos aquí son frías figuras, teñidas con el barro y los excrementos. alaban a las alimañas que las atormentan, ríen por la desesperación de sus carnes desgarradas, de su ausente libertad. Si hablan entre sí es para zaherirse con insultos, si se acercan hacia mí, es para escupirme sangrante enfermedad, si caminan, para vanamente aplacar su imperecedero dolor. ¿No es ese Caronte, que con sus tristes ojos, extinguidas sus lágrimas, navega el río con sus aguas mansas, pestilentes, consumidoras de vidas? ¿No es aquel Minotauro, bastardo de su alma, esclavo inefable de su sucia sangre? ¿No veo a Cerbero, lastimado, víctima de una espantosa sarna, que con sus tres fauces tritura, roe y mastica los huesos de hombres y bestias, burlándose de aquella Trinidad que los hiló con lana del mismo barro que denigra e injuria esta oscura profundidad? ¿Dónde quedó la luz del Sol, la serena claridad de la Luna? ya no oigo al ruiseñor, ya no veo la fugacidad de los planetas, aquí no hay nada de todo eso, mas sombras se perciben, llantos en una sinfonía insana. Sin embargo en mi desdicha, de esta muerte sin final, me holgo de dos conocimientos que hasta en el olvido continúan surgiendo, y ni siquiera divinidades, ni seres de semejante jaez pueden velar ni tampoco mudar. El uno es menos valorado, el otro orada la eterna morada de mis cuitas desechadas, el uno comparte su atroz existencia con mi mezquina soledad, el otro mancilla por mí tiene, sepulta, castiga, corrompe el primero mas huye, vuela, compadece el segundo. Primer conocimiento es aquel sobre aquellas serpientes que danzando, me aterran alrededor las cuales intensamente me dañan, hiriéndose a sí mismas, con sus risas clemencia me piden, con su veneno a quedar me obligan. Ellas míseras, con almas fueron obsequiadas, con corazón acongojado acompañan sus cantos, arriba gozaron del polvo, aquí su humana condición son sus perseguidoras Erinias. Finalmente, el gran Valor que de mí se ha despertado, es el regalo que el Poderoso me ha preservado, el que en la claridad poseía con insuperable estima y alabanza, aquí crece aún más, provocándome más severo llanto. Es el recuerdo de ti, recostada en aquel campo, bajo un cielo de ángeles, aguardando mi llegada, aguardando mis abrazos, oyendo mis palabras, observando una estrella, aquella en la que mi amor esperaría, si mi destino lo decretaba. En el Tártaro sufro, en la oscuridad fallezco, a mi lado no hay más que serpientes, congojas y sombras. merezco esa perenne atrofia, yo lo sé ,los gusanos bajo mis pies lo saben. Más tu imagen, más tu amor, aún en mis ojos sin vida se reflejan, aún veo los colores de tu bello vestido, aún el aroma de tus cabellos alcanzan estas profundidades y tu sonrisa no se aparta de mí. ¿Qué impenetrable infierno se podría resistir, qué legiones de demonios no abandonarían la tremenda batalla contra uno solo de tus suspiros, contra una sola de tus caricias? En esta pesadilla, rodeado de negras murallas, puedo ver el campo suplantar al horrible lodo, las estrellas conquistar las encarnadas nubes, y tu figura recostada en la fresca hierba, reviviéndome en la plenitud de tu sonrisa.